Desde hace un siglo y medio, la farola del Morro habanero ha sido una guía segura para la navegación marítima en el área, y sobre todo para los buques que se aproximan a la rada. Pero se ha convertido además en un símbolo sine qua non de la capital cubana. No hay una sola guía turística de esta urbe en la que no aparezca su inhiesta y retadora imagen.
Si usted entra en esa categoría, lo invito a que visite el Jardín Botánico Nacional de Cuba, un oasis vegetal que hoy prestigia a la ciencia cubana y está considerado como uno de los más grandes del mundo; se encuentra a unos 25 kilómetros al sur de la capital, exactamente frente al recinto ferial EXPO CUBA.
Otra vez el teatro se enseñorea por los escenarios habaneros, con toda su carga de mensajes y reflexiones, en permanente y fluido diálogo con los espectadores, ya sean habaneros o turistas de tránsito por la ciudad.
Aunque usted no lo crea, aquí, en el medio del Caribe, en una nación que no tuvo a Francia como su metrópoli (al menos de forma directa), y que tiene raíces netamente hispánicas y africanas, se perpetúa la memoria y la figura del Gran Corso, de Napoleón Bonaparte en un singular museo, evaluado como entre los mejores del mundo en esa especialidad.





