Las obras salidas de las laboriosas y creativas manos de los artesanos habaneros son muy apreciadas por cuanto turista visita la capital cubana, que las adquieren como valiosos souvenir o como regalos para amigos y familiares.
En años recientes, muchos de estos artífices comercializaban sus creaciones en un área de Malecón, y otros en La Habana Vieja: lo hacían no con las mejores condiciones físicas y ambientales para ellos y para los clientes, lo que le restaba valor a este hecho cultural de compra y venta de una artesanía artística.
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No soy el único que lo piensa: La Habana sin el Capitolio no es La Habana. Es un distintivo de nuestra urbe, de su memoria y su unidad. Y lo digo no solo por lo arquitectónico, sino y sobre todo por la historia que está entre sus paredes y hasta en el subsuelo.
Hablemos primero de la edificación: el Capitolio colma un espacio total de 12 000 metros cuadrados y de ellos, 10 839 son de áreas techadas. Los jardines que lo envuelven tienen una extensión de 26 500 metros cuadrados.
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Desde finales del siglo XVII los habaneros se habituaron a escuchar dos descargas de artillería que comenzaron a pautar sus vidas y actividades: la primera, a las cuatro y treinta de la madrugada; la segunda, a las ocho de la noche. Las sonoras detonaciones servían para recordarles tanto la apertura, como el cierre de la bahía y de las puertas de las murallas.
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Así dice una estrofa de esa canción norteamericana que identifica los desafíos beisboleros, en estadios y transmisiones deportivas, y que era también muy difundida en el más grande estadio cubano que cumple 63 años de historia deportiva: el hoy Estadio Latinoamericano, que antes fue Estadio del Cerro o Gran Stadium de La Habana.
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