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Ceremonia del Cañonazo de las 9, ciudad de La Habana, Cuba.

Ceremonia del Cañonazo de las 9, ciudad de La Habana, Cuba.

Desde finales del siglo XVII los habaneros se habituaron a escuchar dos descargas de artillería que comenzaron a pautar sus vidas y actividades: la primera, a las cuatro y treinta de la madrugada; la segunda, a las ocho de la noche. Las sonoras detonaciones servían para recordarles tanto la apertura, como el cierre de la bahía y de las puertas de las murallas.

Inicialmente se hicieron desde un buque de guerra anclado en la rada habanera, y una vez concluidas las obras de la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña en 1774 los disparos se realizan desde sus baterías artilleras, según consta en documentos del Archivo General de Indias.

Durante la primera intervención norteamericana (1898-1902), comienza la ejecución de una sola descarga, pero a las nueve de la noche, lo que ha devenido en una tradición para los capitalinos, que sólo dejó de cumplirse durante los años de la Segunda Guerra Mundial, porque al decir del general Manuel López Migoya, jefe del ejército entonces:

Hay que ahorrar pólvora, señores. Estamos en tiempo de guerra.

Desde 1986, se recrea a modo de fantasía militar, en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña esta ceremonia caracterizada por cronométrica puntualidad; así un grupo de militares, uniformados a la usanza de la segunda mitad del siglo XVIII, integrado por un oficial, varios artilleros, un farolero, un portaestandarte y un tamborilero son los principales protagonistas de este acto, que se rige por las voces de mando y los movimientos correspondientes establecidos en el Reglamento de Infantería de la España decimonónica.

Es utilizada una de las veinte y una piezas artilleras de bronce, de la batería de salva de esta ciudadela, fabricadas en el siglo XVIII en fundiciones de las ciudades de Sevilla o Barcelona, bellamente decoradas, en las que aparecen como información imprescindible el escudo de España, el nombre de cada cañón, y su año de construcción.

Entre los más usados están los cañones nombrados Ruperto, Solano, Ganímedes, La Parca y Capitolino, que no están estriados y son capaces todavía de lanzar una bala esférica de hierro, con un alcance efectivo de 800 metros; cada noche, en lugar de un proyectil real, descargan ingenuos sacos de yute que recorren unos escasos metros.

Soldado disparando el cañón de las 9.

Soldado disparando el cañón de las 9.

El vistoso ceremonial inicia unos minutos antes de las nueve de la noche, con la entrada del farolero a la plaza, después que ésta queda a oscuras y en total silencio, anunciando a los presentes la supuesta inminencia del cierre de las puertas de la muralla y el consiguiente recogimiento de vecinos y visitantes. A continuación marchan, precedidos por el portaestandarte, que porta el antiguo pabellón español, con las rojas aspas de San Andrés, el tamborilero, el oficial jefe de dotación y los artilleros, todos siguiendo los compases de los toques de tambor.

¡Para el cañonazo de las nueve, carguen!— ordena el jefe de la dotación y sin perder un segundo se suceden una tras otra las acciones que culminan con el preciso disparo.

Cumplidas todas las maniobras, el oficial imparte la orden de ¡Elevación máxima!, y manda a prender la antorcha: ¡Encender el botafuego!, cuando faltan escasos segundos para efectuar el cañonazo.

¡Para una salva, a mi orden!... ¡Fuego!— ordena por último el oficial, la que es secundada por redobles del tambor. Un soldado aplica la mecha al oído del cañón y... iBOOM!, se produce el disparo.

Así, cada noche, los habaneros, en muchos puntos de una capital muy crecida, verifican la precisión de sus cronómetros al escuchar el característico sonido del «cañonazo de las nueve».

Si visita La Habana, lo invito a recrearse con este ritual y esta inusual detonación, que es tan propia de esta bella ciudad, que distingue a todos los que aman sus tradiciones, ya sean naturales o foráneos.