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La Plaza Vieja en La Habana, Cuba. Foto cortesía de twip.org

La Plaza Vieja en La Habana, Cuba. Foto cortesía de twip.org

No es una ciudad que presuma de ellas —aunque pudiera hacerlo—, como otras urbes que conozco, pero la historia y el desarrollo (sobre todo inicial) de San Cristóbal de La Habana tiene mucho que ver con cinco de sus grandes plazas.

Me refiero a la Plaza de Armas (también conocida como Mayor), fundamental en todas las colonias españolas del continente, a las Plazas de San Francisco, del Santo Cristo, de la Ciénaga (desde hace muchos años es la Plaza de la Catedral), y a esa plazuela que debió comenzar a construirse en 1587, pero que no se materializó hasta la segunda mitad del siglo XVII: La Plaza Vieja.

De todas ellas, la Plaza Vieja es mí preferida, así como de infinidad de turistas que a diario la visitan. Está enmarcada por cuatro calles: Muralla, Mercaderes, Teniente Rey y San Ignacio, y desde que existe que se convirtió en un espacio para comentar y conocer informaciones llegadas de la metrópoli, efectuar transacciones mercantiles, y claro, para dialogar sobre asuntos cotidianos y relajarse. También en algún momento sirvió para abastecerse de agua en su soberbia fuente.

Por estas razones, muchos aristócratas criollos eligieron este céntrico y animado lugar para alzar sus mansiones; un claro ejemplo es el majestuoso palacio de los Condes de Jaruco, edificado en la primera mitad del siglo XVIII, y en el que hoy radica una entidad administrativa estatal: el Fondo Cubano de Bienes Culturales.

Si usted recorre hoy la Plaza Vieja podrá regodearse al comprobar la riqueza de estilos arquitectónicos apreciables en esas edificaciones, caminar sobre su reconstruido adoquinado, y disfrutar de las bondades de los establecimientos que acoge, como La Taberna de la Muralla, la exclusiva boutique Paul & Shark, la Cámara Oscura, el Hotel Beltrán de Santa Cruz y el restaurante Santo Ángel, entre otros muchos.

Un paseo muy recomendable, por un lugar que a otrora fuera nuevo, pero que hoy ya es viejo, sin perder ninguno de sus legítimos encantos.


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