En un comentario anterior abordé la salud y vitalidad de la producción audiovisual independiente cubana, que a mi juicio ha estado determinada por dos factores básicos: el auge y la factibilidad creciente de la tecnología digital, por una parte, y la necesidad de demoler con los esquemas y coacciones de la industria, así como de burlar la censura oficial que tienen los realizadores del patio.
El desafío del cine cubano independiente, libertario, underground, sumergido, alternativo, "por la izquierda"…
Cuba cree que cuenta con una industria cinematográfica. Tan es así que el ente estatal encargado de esa producción tiene el rimbombante y pretencioso nombre de Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica (por sus siglas, ICAIC). Sin embargo, cuando era máximo el subsidio de la URSS y los países del CAME, la producción cubana no superaba los 12 largometrajes anuales, una cifra risible si la comparamos con otras naciones latinoamericanas.
Este colectivo escénico lleva el nombre de quien fuera una sobresaliente figura de la música y del quehacer actoral: Rita Montaner.
Un excelente y aclamado dramaturgo, Gerardo Fulleda León, desde 1988 asumió la dirección de la compañía y con su impronta ha logrado que permanezca en los primeros planos del teatro nacional, presentándose en su sede, un pequeño pero acogedor local, la Sala El Sótano.
En Cuba, y especialmente en su capital, existe una antigua y rica tradición del arte lírico, pues tenemos todos los ingredientes necesarios para su permanencia y desarrollo, es decir, intérpretes, compositores, técnicos, directores, crítica especializada, y el elemento primordial: el público amante de este género musical.
En 1776 con el estreno en La Habana de "Diddone abbandonata" (libreto de Metastasio y música de un autor desconocido) se inicia este proceso, que llega hasta nuestros días.



