Miércoles, 15 de Septiembre de 2010 20:27

Tropicana
Había quedado para este comentario el abordaje de la problemática actual de los bailadores habaneros. Hasta los años 60 funcionaron grandes áreas bailables en la ciudad, como el muy famoso entonces Salón Mambí de Tropicana, que como su nombre lo indica formaba parte del complejo de instalaciones que lideraba el también célebre Cabaret Tropicana.
Otra locación que realizaba bailables populares, sobre todo los fines de semana, era la conocida como La Piragua, en el Malecón habanero. Tenía iguales funciones los Jardines de la Cervecería Polar, en Marianao. En todas ellas se presentaban las más demandadas agrupaciones musicales del momento, las que ponían a bailar simultáneamente, y sin exagerar, a varios miles de bailadores.
La primera dejó de existir, fue borrada del ámbito bailable capitalino, sencillamente y sin ninguna explicación conocida, mientras que la segunda, tal vez una o dos veces al año, promueve un bailable popular, y la última ya no cumple ese propósito desde hace mucho tiempo.
Pero estos no eran los únicos espacios en la ciudad destinados a este fin; en los más diversos puntos, como el Anfiteatro de Marianao, o la Plaza Roja de la Víbora, por citar solo dos, eran frecuentes y habituales las presentaciones de orquestas para deleitar a los amantes del baile. Hoy tampoco tienen esta importante función recreativa.
En resumen, lo cierto es que reunirse para bailar, para compartir, para disfrutar de la actuación de una orquesta popular, en tanto es una de las muchas formas de diversión que siempre han preferido los cubanos y los habaneros, como mismo refleja la prensa nacional, está prácticamente en extinción.
Tan es así que un reportaje de la televisión cubana señalaba recientemente, sin el menor sonrojo, que todos centros nocturnos de La
Habana que operan en moneda nacional solo tienen capacidad para unas 2000 personas cada día. Eso en una ciudad con una población fija y flotante que ronda los 3 millones de habitantes es algo ridículo.
Las opiniones publicadas en las últimas semanas por el diario Juventud Rebelde (diario estatal dirigido a la juventud cubana), pueden darnos claves y respuestas:
«No es tan fácil encontrar esos espacios».
«Una noche en una discoteca equivale al salario de mi mamá…».
«El consumo en los lugares para divertirse es caro, y los salarios no dan».
«Que las agrupaciones cubanas no cobren tanto, que le den la
posibilidad a la juventud de entrar a sus conciertos pagando un precio
por las entradas que sea asequible».
«En instalaciones y centros de prestación de servicios vinculados con
la reanimación de la ciudad, los precios son aún altos para el nivel
de ingreso de la población, especialmente de los jóvenes».
«Deberían crearse clubes especializados de la salsa o el son, de la
música de la década prodigiosa, del rock, y hasta del reguetón, con
precios asequibles al estudiante y al obrero».
«Me gustaría que en mi territorio actuaran grupos musicales».
«No, compadre, lo que hace falta es tener una sola moneda».
Por supuesto, estas no son las problemáticas que deben afrontar los turistas amantes del baile que nos visitan, ni tampoco los nacionales que tienen un significativo y elevado nivel de ingresos económicos, que lo ubican muy por encima de la media de cualquier habanero, que siente pasión por el baile y se ve imposibilitado de disfrutar, por las múltiples razones apuntadas, de esa predilección que durante muchos siglos echó raíces entre nosotros, en tanto forma parte de nuestra historia, de nuestras costumbres y de nuestro carácter.





