
Hemingway's sculpture at the "Floridita Bar"
Su figura aún recorre la ciudad, transita por los más diversos puntos. Puede vérsele en la Habana Vieja, en Cojímar, o San Francisco de Paula. También en hoteles como el Nacional o Ambos Mundos. O bebiendo su daiquiri (sin azúcar) en El Floridita, o su Mojito en La Bodeguita del Medio. Alto, corpulento, canoso, desenfadado siempre, bohemio, Ernest Hemingway sigue vivo en una ciudad que lo acogió y que él hizo también suya.
Quien lo veía, con sus pantalones bermudas o sus short, camisa desabrochada hasta la mitad, caminando por nuestras adoquinadas calles no podía imaginar que esa persona hubiera ganado el Premio Nobel de Literatura en 1954, y mucho menos que hubiera entregado la medalla de oro que así lo acreditaba, como perecedero tributo, a la Patrona de Cuba, a la Virgen de la Caridad del Cobre, precisamente en su santuario santiaguero. Tampoco que fuera el autor de libros como “El viejo y el mar”, “Fiesta”, “Por quien doblan las campanas”, y de muchos títulos más.
Fanático devoto de la caza mayor, muchos no creían tampoco que hubiera organizado una cacería particular de los submarinos alemanes que merodeaban las costas cubanas durante la Segunda Guerra Mundial, desde su pequeño yate, “El Pilar” artillado a tales efectos.
Cuando hubiera cumplido 110 años, alzo mi copa y hago un brindis, con Mojito o Daiquiri por este inmenso Señor de la Literatura, por Ernest Hemingway, que aunque norteamericano de nacimiento, hizo de Cuba su segunda patria y de La Habana su ciudad.





