Martes, 23 de Agosto de 2011 15:06

Domingo Brindis de Salas y Garrido, el Paganini negro. Foto cortesia de cubahablar.blogspot.com.
Uno de los más grandes violinistas de todos los tiempos, el prodigioso Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido, también conocido como el Paganini negro y como “el rey de las octavas”, nació en La Habana, en la céntrica calle de Águila, número 168, el 4 de agosto de 1852.
Mostró su talento tempranamente, componiendo con ocho años de edad, y ofreciendo su primer concierto 3 años después. Ya con 17 inicia estudios en el prestigioso Conservatorio de París: allí obtiene desde 1870 hasta 1875, el merecido Premio de Honor anual que otorgaba esa escuela de música.
Su carrera fue totalmente exitosa en lo musical, personal y social; las puertas de las casas reales europeas se abrieron entusiasmadas para escuchar y deleitarse con las interpretaciones que le arrancaba el joven violinista negro a su invaluable Stradivarius. Tenia capacidades sorprendentes, dominaba como nadie los grandes golpes de arco, y su repertorio no pudo ser más complejo y difícil. Pero a eso súmele su elevada estatura, su caballerosidad, su elegancia y pulcritud, su amabilidad y simpatía, y ya podemos hacernos un mejor retrato de esta singular personalidad. Pero también se afirma que Brindis era "algo extravagante y demasiado afectado en su trato y en su porte", y que generalmente se comunicaba en francés.
No puede sorprendernos entonces que haya sido ordenado en Francia como Caballero de la Legión de Honor, que en Alemania recibiera los títulos de Caballero de Brindis y Barón de Salas, y que los reyes de España, Italia y Portugal, también le otorgaran altas condecoraciones.
Brindis, al igual que Paganini, cuando ejecutaba el más pequeño de los instrumentos de cuerda, alcanzaba agilidades incomprensibles, sus dedos volaban sobre las cuerdas, derrochando técnica, temperamento y emoción, demostrando un dominio supraterrenal de la música, que convertía sus presentaciones en espectáculos mágicos y cautivadores.
Este habanero, con su arte y su nombre, logró vencer los prejuicios raciales y discriminatorios que eran gigantescas barreras para la realización de los seres humanos de piel oscura, en todos los campos del quehacer humano.
Murió pobre y enfermo en 1911 en Buenos Aires, un triste final para quien fuera considerado por Alejo Carpentier como “el más extraordinario de los músicos negros del siglo XIX […] un personaje singular que constituyó un caso sin precedentes en la historia musical del continente”.





