Domingo, 25 de Abril de 2010 17:22

El Vedado, Habana
Cuando el visitante arriba a la Ciudad de La Habana lo primero que percibe en términos arquitectónicos y urbanísticos es el gran
contraste que ofrece la urbe. Una parte de la capital, la más antigua, determinada por los siglos de dominación colonial ejercidos por España (que a su vez era una de las metrópolis más atrasadas de Europa); mientras que la zona más moderna está fuertemente influenciada por la presencia norteamericana, sobre todo desde finales del siglo XIX.
La aristocracia habanera, con sus mansiones señoriales, se asienta en el primitivo casco urbano, mientras que las personas de pocos recursos económicos quedan compactadas en las márgenes internas de la llamada Habana intramuros. Es visible la estricta geometría de los palacetes, como también lo es el aplanamiento desordenado de las viviendas en la periferia, dado por la subdivisión irregular y fragmentaria de los terrenos.
Eso llama mucho la atención de los turistas interesados en estas temáticas, que la recorren en busca de huellas y explicaciones; así pueden ver el proceso de expansión y cambio de su organización territorial; también los restos de la llamada Zanja Real, excavada en el siglo XVI, para el abasto de agua de la población habanera, después sustituida por el acueducto de Albear. Es muy apreciable igualmente el desarrollo de urbanizaciones contiguas a las líneas férreas.
Con características arquitectónicas muy propias surge, a mediados del siglo XIX, el Barrio Chino en el área delimitada por las calles Zanja, Dragones, San Nicolás y Rayo, que cobija a una nueva comunidad cultural y económica de la ciudad.
En sentido general, La Habana del siglo XIX, en el orden constructivo, abusó de los recursos formales propios del neoclásico y el barroco, los que fueron enriquecidos localmente como respuesta a nuestros propios requerimientos climáticos, pero demasiados ajustados a las estrictas y arcaicas ordenanzas españolas en la materia.
La creciente presencia de norteamericanos en la capital desde principios del siglo XIX, pero sobre todo a partir de la primera intervención de 1898 a 1902, produce un cambio significativo en estas materias: la reconstrucción de edificios, paseos y parques, la creación del Ferrocarril Central, la creación de una red de tranvía eléctricos, el perfeccionamiento del sistema del alcantarillado y la pavimentación con asfalto de las calles de la ciudad son acometidos de inmediato, cambian y mejoran notablemente el entorno de la urbe. La utilización de estructuras metálicas y de técnicas novedosas (para la época) como el hormigón armado, así como el colado, el moldeo, el machihembrado, entre otras contribuyeron a mejorar el panorama expresivo de nuestra arquitectura y de la imagen de la ciudad.
El capital privado desarrolla entonces, de forma vertiginosa, regiones periféricas, con nuevos paradigmas estéticos y urbanísticos, pues como apunta el arquitecto cubano Joaquín Weiss “La joven república quería lucir nuevas galas y repudiaba todo traje que le recordara su pasado histórico”.
Y esto podía suceder porque había dos fuentes paralelas de desarrollo urbano, las que emanaban de los distintos gobiernos, y las que emprendía la pujante sociedad civil. El estado levantaba obras como el Palacio Presidencial, la Universidad de La Habana, el Capitolio, y la carretera central; la sociedad civil urbanizaba, con sus capitales el Vedado, Miramar y Marianao, y erigía construcciones como el Edificio Bacardí. Los historiadores en este campo recogen que los focos de creación urbana eran centenares, mientras que el ímpetu de las empresas era incesante, al punto tal que durante la llamada “danza de los millones”, se inauguraban diez edificios diarios.
Este tema, por supuesto, da para mucho más, por lo que en un próximo comentario los abordaré. Como decimos en Cuba, me queda mucho tinta en el tintero.





