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Arquitectura de La Habana

Arquitectura de La Habana

Ya en el comentario anterior hacía referencia a la impronta que desde finales del siglo XIX, pero sobre todo con la nueva centuria dejarían en estos campos los norteamericanos. En la arquitectura son evidentes estas influencias cuando analizamos edificaciones como la Estación Central de Ferrocarriles, el Hotel Sevilla Baltimore, o las oficinas del The Nacional City Bank of New York, por sólo citar unos pocos ejemplos.

En el plano urbanístico, durante el mandato del presidente Gerardo Machado (1925-1933) se impulsa la concepción norteamericana del City Beatiful y el Regional Park Monument, para transformar a La Habana en un atractivo centro turístico, que entre otros propósitos uniría transversalmente los nuevos barrios desarrollados en la costa oeste de la capital, como el barrio residencial de Miramar con la parte este, es decir con la Habana Vieja, la Víbora, el Cerro, Guanabacoa y Regla.

Las construcciones dedicadas a viviendas, tampoco escaparon a estos influjos, alejándose de las tendencias europeas anteriores: la novedosa concepción espacial contemplaba amplias galerías, así como jardines frontales o laterales, y variadas dependencias más acordes con una mayor socialización.

Pero en honor a la objetividad, hay que decir que los arquitectos y urbanistas cubanos bebieron de otras fuentes, no sólo de las
norteamericanas, y así nos visitaron e influenciaron en estos campos figuras de la talla del promotor del movimiento Bauhaus, Walter
Gropius y del no menos célebre arquitecto catalán José Luis Sert, por lo que los cubanos siempre estuvieron vinculadas creativamente con las vanguardias occidentales.

Esto es lo que explica que La Habana, sobre todo en el período 1902-1958, haya transitado por un singular proceso que la convirtió en
una ciudad bellísima, pletórica de parques y monumentos, con una excelente infraestructura vial, con formidables zonas residenciales,
por lo que muy justamente estaba considerada como una de las capitales más primorosas de América Latina y, por qué no afirmarlo, de todo el mundo.

Es obvio que el sistema político imperante desde 1959 no ha potenciado en lo más mínimo estas disciplinas, al menos en la urbe capital, pues prácticamente ha edificado muy poco. Como penosos botones de muestra están las zonas de Alamar (en el municipio Habana del Este), y la de San Agustín, en el municipio La Lisa, que son un conjunto de apiñados edificios de vivienda, con un diseño más propio de cajas de zapatos, y que al decir de un especialista conceptualmente están "más próximas a las colmenas que a residencias para humanos". En ellos está presente, como elemento distintivo la carencia de creatividad y de imaginación.

Debo decirles que deplorablemente tampoco se ha impulsado por el Estado el cuidado y el mantenimiento de ese patrimonio inmueble del
que nos vanagloriábamos, por lo que su decadencia es también significativa, lo que está dado sobre todo por los precios para los recursos necesarios que son determinados arbitrariamente, y están siempre muy por encima del ingreso del habanero, y por normativas rígidas y absurdas que obstaculizan cualquier deseo particular.

Para qué hablarles del suplicio que implica reanimar una edificación que es propiedad del propio Estado. Sencillamente inenarrable.

Pero no por todo esto esta ciudad ha dejado de embellecerse, siempre hay espíritus emprendedores y Quijotes que se baten contra los
arcaicos y opresivos molinos de viento, lo que es apreciable en varios puntos de la capital, y en la reanimación de viviendas, de forma muy
especial.

Cuando usted conozca a los que vivimos en La Habana comprenderá que una vez despunte la nueva y necesaria aurora, esta ciudad reaparecerá, germinará como muchas otras ciudades arrasadas por guerras de todo tipo, y lo hará con todo su esplendor, y créame que será para siempre: esa es su inclinación y ese es su futuro.

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