
Benny Moré y su Banda Gigante
Si le menciono el nombre de Bartolomé Maximiliano Moré, posiblemente no logre identificarlo o asociarlo con la persona famosa que realmente fue: si le digo Benny Moré, seguramente usted lo conoce o ha escuchado mencionarlo, pues este cubano, ha sido y es, sin la menor duda, el cantante más completo de la música bailable cubana de todos los tiempos. Un genio melódico, cadencioso y rítmico natural, del que se decía, como del inmortal Carlos Gardel, que “Cada día canta mejor”.
La Habana de los años 40 del siglo XX no le sonríe precisamente al Benny: malvive con lo que le dan los clientes de cantinas y bares, donde toca su guitarra y canta. En muchos restaurantes tiene prohibido el acceso, y de otros es echado para no importunar a la clientela.
Por eso el quehacer artístico de este mulato largo y flaco como una vara, se inicia en tierras aztecas en 1945 con el grupo de Miguel Matamoros; previamente Siro Rodríguez, músico de esta agrupación quedó impresionado al escucharlo cantar en un bar habanero, por lo que lo invita a integrarse a ese ya famosos colectivo. Allí deslumbró al público mexicano que no concebía a un cantor extenso, idóneo para interpretar con éxito lo mismo un bolero, una rumba, un son, un guaguancó o una rica guaracha.
Concluido el contrato en México, Matamoros regresa a la Isla, y el Benny consigue permiso para trabajar allá como cantante. Hace un dúo con Lalo Montané, graba discos con algunas orquestas, como la del también cubano Mariano Mercerón. Logra el éxito consagratorio cuando se une a la orquesta de otro nacional ya célebre, Dámaso Pérez Prado; triunfa rotundamente al poner su voz a piezas como Mucho corazón, Bonito y sabroso, Pachito e che y la Ensalada de mambo.
Benny Moré es un show man, un hombre espectáculo: su voz fascina, y también su extraordinaria capacidad de improvisación, al igual que sus movimientos, su domino absoluto de la escena. En el hermano país hace más de 70 grabaciones y trabaja en siete películas musicales, por lo que su merecida fama llega a otras naciones del área como Puerto Rico, Brasil, Panamá y Colombia.
Benny, con su pintoresca personalidad y su carisma, triunfador en México y casi desconocido en su propia tierra, regresa a Cuba, donde en muy poco tiempo, y por derecho propio deviene en auténtico ídolo popular, con su mítica y siempre recordada Banda Gigante.
Toda Cuba se convirtió en un gran escenario para sus inolvidables presentaciones: pequeños cines teatros, parques, plazas públicas, estaciones de radio y estudios de televisión conocieron y disfrutaron del genio de aquel guajirito humilde, que era un intérprete y un compositor único.
Sin embargo, entre todos, entre tantos, una locación tenía para él una especial significación: el Ali Bar, en la intersección de las calles Dolores y Lucero; un local bien alejado de los centros emblemáticos de la capital, era su refugio natural, al que siempre acudía, agotado, al terminar sus extenuantes actuaciones.
Era el Ali Bar como su segunda casa; allí bebía, cantaba, compartía con músicos amigos y era atento con el público que quería conocerlo; también "descargaba", y sosegaba en un ambiente positivo, cordial, fraterno, restaurador, campechano.
Si hay sitio en Cuba donde permanezca el aura del Benny, con su Sombrero y su Bastón, es allí, en su Rincón, en el Ali Bar, donde hoy le rinden cotidiano homenaje las voces más genuinas de la música cubana, pues él, como nadie, le puso "alma al son y azúcar a la rumba", como dijo un poeta.





